II. Escribiremos aunque la ansiedad nos pise los talones

Irlanda

.

1. The deer. – Anonymous
2. Lo que dejé atrás . – Aintzane Rodríguez
 3 Errores en las sombras.. – Maribel Aquilino
4. El niño de la mirada triste. – Sandra Fernández
5. La catedral del tiempo. – Lara Starlight
6. Besar a la muerte. – Bea Esteban
7. ¡Hasta mañana princesa! . – Adrián García Cremades
8. Pero era mi hogar. – Capicúa
9. Lo que nadie supo nunca. – Camila Sandoval
10. ¿Serían sueños perdidos? . – Meraki
11. Jardines. – Andrea
12. Desde otro enfoque.  – Syra Ramos

6

The deer – Anonymous

Night had fallen, and I still had absolutely no idea about where I was “How? Why me?”, I mumble while walking. It had been hours since I lose the trail of the deer, and I was only walking in circles on that humid forest. After a while, I hear a lot of noise nearby. Deer noise. I follow it and I found a clearing, in the middle of nothing. The noise suddenly stops while I get there. When I arrive, I cannot believe my eyes. What in the actual hell could a 60-foot-high gothic abbey do on a forest, miles away from civilization?

After some outside inspection, I observe that it looks like it had been finished yesterday. No harm, no damage, no sign of deterioration at all. It starts raining, and I decide to pass inside. The big metallic door is half open, but there is no evidence of it being forced. “Is someone waiting for me?” I ask myself.

Coming in, as soon as I enter, the wind closes the door behind me. I leave the hand-made crossbow on the floor, and light some of the candles with my lighter. This place arouses all my senses: that unmistakable smell of church candles, with the fresh odor of the humid soil of North Scotland; and the charming noise of water smashing against the coil-black slate roof. I can now see the rose windows, lighted up by the candles. That is when I get really scared. The image they form is me. My face, myself. Then I feel how someone crosses behind me. I turn around but only see shadows. “Who’s there?” I ask, as if any answer to that question was going to make me feel better. Then, some whispers fill the silent main hall. I can’t distinguish them, or identify where they come from.

Hello there?” Is this really happening? Or I just fell pursuing that deer and knocked myself out? Whispers again. Now I clearly see a person running towards the main tower stairs. “Hey! You!” I try to chase him, but seems so disappear. I decide to climb up the stone stairs, and when I’m half way up, the loud noise of deer returns. I make it to the top, and then I seriously doubt about my clarity of mind. It has stopped raining, and I am staring at literally dozens of deer, peaceably grazing on that clearing over the moonlight. Just like they have been there all time. “Seriously, what in hell is going on?” I think to myself. Then, I observe movement through the forest. Finally, someone is rescuing me. I try to shout for help, but the deer noise is too loud for being heard. I have to go back down and find them.

On my way down, maybe because of the hurry, I fall down. I can feel each one of the stones transported to do that stairway on my back. But I’m alright. The deer sound has stopped, and I can hear the rain hitting again the roof. The door opens and I desperately shout on my way down, but there is no response. When I get down I see him. It’s another haunter, that is lighting up again the candles, and staring perplex at my face on the rose window. “Hey, can you hear me, brother?”. He seems to hear something, but not understand me nor locate me, and I’m still on the dark part of the abbey so he can’t see me. “It’s me, brother, at the end”. He suddenly turns around, seeming scared, but nothing compared to me, I’m frightened. I’m so scared that I run all the way up again. But he seems to chase me.

“How? Why me?”

6

La noche ha caído y yo todavía no tengo la más remota idea sobre dónde estoy. “¿Cómo? ¿Por qué yo?”, farfullo mientras camino. Han pasado horas desde que perdí el rastro del ciervo y he estado simplemente andado en círculos por el húmedo bosque. Después de un rato escucho un sonido cerca de mí. El bramido de un ciervo. Lo sigo y encuentro un claro en medio de la nada. El ruido de pronto se detiene justo cuando voy hacia allí. Cuando llego, no puedo creer lo que ven mis ojos. ¿Qué diablos podría hacer un monasterio gótico de 60 pies de altura en medio del bosque, a kilómetros de distancia de la civilización?

Después de una inspección por su exterior, observo que parece que como si la hubieran terminado recientemente. Ninguna muesca, ningún daño, ningún signo de deterioro en absoluto. Empieza a llover, y decido pasar dentro. La gran puerta metálica está medio abierta, pero no hay muestras de que haya sido forzada. “¿Hay alguien esperándome?”, me pregunto.

Al atravesar el umbral, tan pronto como entro, el viento cierra la puerta tras de mí. Dejo la ballesta hecha a mano en el suelo, y enciendo algunas de las velas con mi encendedor. Este lugar despierta todos mis sentidos: ese inconfundible olor de las velas de la iglesia, con el olor fresco de la tierra húmeda del norte de Escocia; y el encantador ruido de agua que rompía contra el techo de pizarra negra. Ahora puedo ver los rosetones, iluminados por las velas. Es entonces cuando me asusto realmente. La imagen que se forma en aquellas vidrieras soy yo. Mi cara, yo mismo. Entonces siento cómo alguien cruza detrás de mí. Me doy la vuelta pero sólo veo sombras. —¿Quién está ahí? -pregunto, como si alguna respuesta a esa pregunta me hiciera sentir mejor. Entonces, algunos susurros llenan el silencioso salón principal. No puedo distinguirlos, ni identificar de dónde vienen.

“¿Hola?” ¿Esto realmente está sucediendo? ¿O simplemente caí persiguiendo a ese ciervo y perdí el sentido con el golpe? Susurros de nuevo. Ahora veo claramente a una persona corriendo hacia las escaleras de la torre principal. “¡Oye! ¡Tú!” Trato de perseguirlo, pero parece esfumarse. Decido subir por las escaleras de piedra, y cuando estoy a medio camino, el ruido de ciervos regresa. Llego hasta el final, y entonces dudo seriamente sobre mi claridad de la mente. Ha dejado de llover, y estoy mirando a literalmente decenas de ciervos,  pastando pacíficamente en un claro sobre la luz de la luna, como si hubieran estado allí todo el tiempo. “En serio, ¿qué diablos está pasando?”, pienso para mí. Entonces, observo movimiento en el bosque. Finalmente, alguien me está rescatando. Trato de gritar pidiendo ayuda, pero el ruido de los ciervos es demasiado fuerte y no permite que mi voz sea escuchada. Tengo que bajar y encontrarlos.

Al bajar, tal vez por las prisas, me caigo. Puedo sentir cada una de las piedras transportadas para hacer esa escalera en mi espalda. Pero estoy bien. El sonido de venado se ha detenido, y puedo oír la lluvia golpeando de nuevo el techo. La puerta se abre y yo grito desesperado en mi camino hacia abajo, pero no hay respuesta. Cuando llego abajo lo veo. Es otro cazador, que está encendiendo de nuevo las velas, y mira perplejo mi cara en el rosetón. “Oye, ¿puedes oírme, hermano?”. Parece escuchar algo, pero no me entiende ni me localiza, y todavía estoy en la parte oscura del monasterio por lo que no puede verme. “Soy yo, hermano, al final”. De repente se da la vuelta, parece asustado, pero nada comparado conmigo, estoy aterrorizado. Estoy tan asustado que recorro todo el camino de nuevo. Pero parece que me persigue.

“¿Cómo? ¿Por qué yo?”

Lo que dejé atrás. – Aintzane Rodríguez

Cuando volví a aquella iglesia después de tantos años, me di cuenta de que en realidad nada de eso era diferente. La única que había cambiado era yo.

El cielo era igual de gris que aquel día, con los mismos tonos oscuros, las mismas nubes ariscas, el mismo olor a tormenta que todo lo perturbaba. Una fina capa de llovizna recubría las piedras del suelo de la entrada, amortiguando el sonido de mis botas contra sus redondeados cantos. Tal vez eso era lo que había cambiado, que mis gritos, mi presencia, ya no hacían el más mínimo ruido.

La puerta crujió cuando la empujé y entré a la iglesia. El silencio allí dentro era abrumador, me envolvió como una capa gruesa y sentí como me ahogaba en los recuerdos reprimidos que habían conseguido escapar. Ilusa de mí, que había creído que una forma de escapar era recluirse. Pero, rodeada de la madera oscura de los bancos, con el altar y la vidriera resquebrajada delante de mí, supe que había sido inútil.

La venda que había estado ocultándome la verdad de repente desapareció, y ese día se recreó a mi alrededor como una imagen tan real que casi podía palparla. Allí estaba mi madre, con su pelo recogido en un pulcro moño y las lágrimas falsas chocando contra el pañuelo. Me hubiese gustado gritarle, pero en realidad, lo único que necesitaba era su abrazo.

Me paseé entre las figuras encorvadas y grisáceas que mi mente había ido desdibujando con el tiempo, hasta encontrarme cara a cara con que yo estaba allí. ¿Cómo había podido olvidarlo? Yo estuve allí, y después de tantos meses rehuyendo de la verdad, tendría que mirarla a los ojos. Tendría que dar un paso hacia delante para encontrarme con que no había marcha atrás, pero que tal vez sí que hubiera forma de seguir adelante.

Y allí estaba yo, con el cenizo pelo pegado a ambos lados de mi cara y los ojos cerrados. Porque, para ser sinceros, prefería no ver lo que tenía a mi alrededor. El sufrimiento que había causado en vida y el que dejaba tras morir. Cerrar los ojos era una manera de decirles a todos que les dejaba continuar con su vida, que yo estaba buscando ahora otra manera de olvidar la mía.

Errores en las sombras. – Maribel Aquilino

Se deslizó como una sombra entre los árboles, huyendo de los claros iluminados por la luz de las estrellas.

Apretaba el frasco contra el pecho, protegiéndolo tras los pliegues de su larga capa. Los duros años de entrenamiento habían hecho que su resistencia física fuera impecable, y que hubiera podido hacer el mismo recorrido que estaba haciendo esa noche casi con los ojos cerrados y sin dejar ninguna huella. Pero esa noche era distinta. Esa noche estaba nervioso.

Al avistar el camino de grava, cometió el primer error. La rama se partió con un sonido seco y por un segundo perdió la concentración. Había sonado muy fuerte. Y ya estaba muy cerca. Agarró con más fuerza el frasco y salió disparado hacia delante. Retroceder no era una opción, rendirse tampoco lo era.

La catedral resplandecía imponente en mitad de la noche, actuando casi como un imán para todos los incautos que se acercaran. Pero él ya no creía en su embrujo. Bajo esa apariencia resplandeciente, podía ver las capas de moho y podredumbre que salpicaban su fachada, las vidrieras rotas y las gárgolas de piedra casi reducidas a la nada que lo vigilaban desde las alturas mientras se acercaba más y más.

Rodeó la estructura y entró por una ventana completamente rota, cometiendo el segundo error. Parte de su capa se quedó enganchada en los restos puntiagudos de un cristal, quedando completamente rasgada en la parte baja. Demasiado cerca de las runas de protección que llevaba bordadas.

Unas gotas de sudor resbalaron por su frente. Esto no debería estar pasando, estaba más que preparado para cumplir su misión.

Echó a correr por el pasillo en el que se encontraba y llegó rápidamente a unas escaleras de caracol que descendían hacia las entrañas de la catedral, tal y cómo aparecía en los planos que había memorizado.

Llegó a una estancia rectangular, de paredes oscuras. A duras penas pudo distinguir dibujos y caracteres escritos en tinta oscura en las paredes y el suelo. Allí, pegado a la pared más alejada de las escalaras, lo vio. Era un pequeño altar de mármol blanco que parecía proyectar destellos de luz, tal y como lo hacían las piedras de la fachada exterior.

Estaba a punto de conseguirlo. Corrió hacia el altar con el frasco en la mano, mientras alargaba la otra mano hacia la empuñadura de la daga que llevaba en el cinto.

Cuando la figura envuelta en sombras se lanzó encima de él, aún no había sacado su arma. Con ese tercer y último error, nuevas gotas de sangre tiñeron las paredes de la estancia.

El niño de la mirada triste – Sandra Fernández

¿Os acordáis de alguna historia con fantasmas? Yo de muchas; ninguna me la terminé de creer. Sin embargo, si tus propios ojos lo ven ¿debería entonces creerlas? Veréis, todo empezó un día de verano. Mi novio y yo decidimos salir de excursión y explorar nuevos lugares; así que cogimos el coche y nos pusimos en marcha. Terminamos en un monte que nunca habíamos subido, parecía alto pero hacía buen tiempo y eran las ocho de la mañana, poseíamos todo el día para subirlo y después regresar.

La aventura comenzó, el paisaje que íbamos recorriendo era arbolado, con piedras y cuesta arriba. De vez en cuando nos parábamos para beber algo de agua y al mismo tiempo, contemplar el horizonte. Siempre lo hacíamos; nos servía para recordarnos la belleza de esta tierra y la razón por la que nos gustaba salir a hacer ese tipo de exploraciones. Estando ahí arriba te sentías pequeña y entonces las preocupaciones mundanas dejaban de tener importancia.
—Venga sigamos subiendo. – Carlos, así se llamaba mi pareja, me agarró de la mano animándome a continuar.
Así pues, continuamos el camino. En un momento este se abría y daba paso a una pequeña explanada en medio de la montaña. No había nada, estaba vacía a excepción de una pequeña ermita de piedra. Era extraño. ¿Qué hacia allí una capilla?

—Vayamos a verla de cerca. – propuso Carlos adelantándome.
Desde el principio me embargó una extraña sensación, como si alguien nos observara. No le di importancia pues solo estábamos él y yo. Así que corrí para alcanzarle y nos acercamos a la ermita.
—Debe llevar años aquí, la construcción no es de esta época y la piedra está algo desgastada. – comentó mi novio.
Yo no le prestaba mucha atención, simplemente me limité a rozar la pared y examinar toda la fachada: la puerta de entrada, las grandes ventanas de al lado, las cristaleras de arriba… Y, entonces, lo ví. Esa mirada. Pude ver la figura de un niño en la ventana de la torre. Nos miraba. Me entró un escalofrió. Sus ojos inspiraban tristeza, es como si gritaran socorro.
—Car…los. – logré pronunciar. Él, preocupado se acercó a mí y miró hacia donde yo miraba.
—¿Qué pasa cariño? – me preguntó entonces.
—Un… niño. – señalé hacia donde estaba el extraño personaje. —Nos mira.
—Yo no veo nada amor… ¿Estás bien?- me tocó la frente. ¿Cómo no lo podía ver? ¡Estaba ahí, en la ventana!
—ESTA AHÍ. ¿NO LO VES? – el tono de mi voz iba subiendo a medida que mis nervios aumentaban.
—Tranquila, Nadia, tranquila. – me cogió de los hombros para obligarme a mirarle. —Debes estar muy cansada y por eso tu cabeza te hace ver cosas que no son verdad. Ahí no hay nadie, la ermita esta vacía, abandonada. – yo no podía dar crédito.

Sabía lo que había visto y no estaba alucinando. Esa pequeña figura nos estaba observando con una mirada triste que helaba la piel del que le mirase. Carlos me obligó a descansar un rato y después nos marchamos, pero yo ya no volví a ser la misma. ¿Quién era ese niño?

Desde entonces, creo en los fantasmas y el fantasma de ese niño aparece cada noche en mi cabeza, no olvidaré su mirada. ¿Habrá estado siempre encerrado en esa ermita? ¿Por qué solo dejaba que yo lo viera?

La catedral del tiempoLara Starlight

Creo que he contemplado antes este lugar. La brisa mueve mi cabello azabache acorde con el movimiento de las enormes campanas, que anuncian que otra nueva hora llega.

Y lo único que puedo pensar es que el tiempo me consume, ya que permanezco completamente quieta, viendo los segundos pasar e indicándome que realmente estoy perdiendo el tiempo. ¿Estar parada me hace perder el tiempo? Entonces dudo. A lo mejor necesito un respiro, a lo mejor necesito que esa brisa me acaricie el rostro, a lo mejor estando impasible estoy más viva que cuando creo estarlo.

Pasan dos chicos de la mano. Y se besan, apasionadamente. La catedral que se yergue delante parece contemplar el amor que se profesan, al igual que yo.

Y entonces sé que no pierdo el tiempo, pues me están dando más vida que cuando permanezco en constante momento sin parar, sin observar los pequeños placeres de la vida, sin dedicarme momentos que tanto merezco. Miro por última vez el impresionante edificio y mis labios se curvan en una imperceptible sonrisa, aunque yo sé que está ahí.

Y el tiempo no me la arrebatará.

Besar a la muerte.Bea Esteban

Sus manos temblaban mientras miraba a la muerte a los ojos. Pero incluso en aquel momento Amber sabía que no era obra del miedo.
Estaba expectante, ilusionada, cargada de energía. Sentía el cosquilleo del peligro recorriendo sus venas y era incapaz de contener la sonrisa.
—Por fin —dijo, soltando todo el aire que estaba conteniendo—. Por Circe, hacía tiempo que no te pillaba.
La Parca se giró lentamente, dándole la espalda al cadáver que tenía a sus pies. El susurro de la tela negra contra el suelo parecía ampliarse en aquella iglesia tan vacía, tan hueca. El negro bajo la capa se fijó en Amber, que le devolvió la mirada con los ojos titilantes y las manos cruzadas sobre el pecho, como si rezara. Si la muerte suspirara, lo hubiera hecho.
—Amber, ¿otra vez? —Su voz resonó en la cabeza de la joven bruja. Era como escuchar trece voces a la vez: la voz de un niño, la de un anciano, la de una damisela, la suya propia; todas cubriéndose sobre las demás, haciendo eco en la memoria de Amber.
—Es sólo un pajarillo, no me seas dramática. —Señaló con el mentón al pequeño cadáver que descansaba a los pies de la muerte—. Y ni siquiera lo he matado yo. Se chocó contra la ventana, lo juro.
Silencio.
Una rata lo rompió, cruzando el vestíbulo con un chillido.
—Vamos, Parca, llévame contigo. —Amber cayó sobre sus rodillas, inclinando las cejas—. Ya va siendo hora, ¿verdad? No te imaginas lo mucho que me aburro aquí.
Más silencio, y de nuevo esas trece voces:
—Aún no ha llegado tu hora.
—Aún no ha llegado tu hora, blablabla. —La bruja puso los ojos en blanco y giró la cabeza a su derecha, a la pared en la que colgaba un espejo emborronado. El reflejo que devolvía no era más que un dibujo difuminado, cubierto de polvo—. ¿Trescientos cuarenta y dos años no te parecen suficientes?
Trescientos cuarenta y dos años en los que Amber sólo había llegado al metro cincuenta, en los que sus rasgos todavía se confundían con los de una niña humana de catorce años. Estaba harta de que sus prendas le quedaran grandes y de no llegar a los estantes más altos de la cocina. Estaba cansada de llevar tantos años a la espalda y que para los demás sólo fuera una «chica mona».
Se arrastró sobre sus rodillas hasta coger el velo de la Parca, que parecía deshacerse bajo sus dedos.
—Venga, llévame. He oído que el Otro Lado es muy divertido y, por Circe, no sabes lo cansada que estoy de este trabajo. —Se quitó el sombrero en punta con un suspiro, dándole un par de palmadas para quitarle el polvo—. Los idiotas que me prometen primogénitos acaban haciéndose una vasectomía. Y la gente ya sólo viene a mí para pedirme absurdas pócimas de amor, y luego se enfadan si su enamorado les persigue a todos lados, babeando como un perro. No es mi culpa si no leen el prospecto. —Otra vez: la sonrisa que dejaba relucir sus colmillos y los ojos violetas centelleando—. Podrían pedirme pócimas que les hicieran más sabios, que les curaran las heridas, que les dieran calor en invierno… Pero no, pócimas de amor. Siempre igual. ¿Qué gracia tiene el amor si no se gana?
La Parca dio un paso hacia atrás —teóricamente, se deslizó hacia atrás en silencio, sin tocar el suelo—, cubriendo el pajarillo con su manto. Tenía la capucha inclinada hacia abajo; la mirada clavada en la pequeña bruja.
Amber sabía que la estaba convenciendo.
—¿Me llevarás? —preguntó, poniéndose en pie de un salto. Parecía todavía más pequeña.
Si la Parca fuera humana, se hubiera encogido de hombros.
—Sabes lo que tienes que hacer.
—Lo sé, sí; el beso de la muerte. No me asusta. —Se cruzó de brazos sobre el pecho, esperando que la mentira no se reflejara en su rostro.
Con una lentitud que a Amber se le hizo desesperante, la Parca deslizó su capucha hacia abajo. El vacío que antes había dejado a Amber sin respiración se transformó en un rostro humano, en unos ojos pardos, en un cabello dorado, en un joven con la mirada amable y una sonrisa congelada en los labios.
La de Amber se quebró.
Sintió que las rodillas le temblaban y por un momento tuvo que armarse de valor para no echar a correr; no huir de esa iglesia, de ese sueño —esa pesadilla—, de ese recuerdo que llevaba años taladrándole la memoria.
Amber se apartó una lágrima con la manga y apretó los puños. Ella no lloraba. Desde que él se marchó, se prometió que no volvería a llorar.
Pero ahí estaba. Habían pasado cien años desde que la había abandonado, cien años en los que Amber había intentado desesperadamente desaparecer de esa tierra. Había aprovechado cualquier animal muerto, cualquier accidente de tráfico y cualquier mala noticia para correr allá donde la Parca apareciera. Y ahora, por fin, se la llevaría consigo.
El precio a pagar era besar a la persona que le hizo desear no tener corazón. A aquel por el que llevaba años queriendo marcharse.
Habían pasado cien años desde que ser bruja le mató. Ahora sería él quien la matara a ella.
Amber dio dos pasos hacia delante, con el corazón latiendo bajo su vestido como si quisiera atravesarle la piel. Colocó con cuidado las manos sobre el cuerpo de la parca —el cuerpo de aquel joven—, que ahora ya era sólido. No se deshacía. Deslizó los dedos hasta su rostro. No desaparecía.
—Ven —murmuró él, y esta vez su voz no fueron trece. Fue la suya, la única; la voz que Amber pensó que no volvería a oír nunca.
Se puso de puntillas para llegar a sus labios.
El beso de la muerte sabía dulce y era suave, como una nana antes de dormir. Era cálido, y siguió siéndolo incluso cuando todo el cuerpo de la pequeña bruja se heló, mermado de sangre.
Amber estaba volviendo a casa.

¡Hasta mañana, princesa!   Adrián García Cremades

Con el frío propio de un otoño cada vez más fiero y profundo, las mañanas se envolvían entre el abrigo de los árboles al mismo tiempo que las montañas se convertían en el resguardo de un sol que ya siquiera osaba atravesar el horizonte. Tal vez fuera una mera casualidad, pensaba ingenuo de mí. No obstante, la vida se empeñaba en trazar con su fino pincel las líneas de un final anticipado.

Ignoraba, sin miedo alguno, al mayor de los poderes, el del tiempo, para poder dejarme llevar entre el viento y las hojas. Cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo. No importaba cuándo ni cómo, porque mi camino siempre tenía allí, a tu lado, su punto final.

Grabamos recuerdos en cada uno de los rincones de nuestro paraíso. Dibujamos sonrisas en nuestros rostros hasta la extenuación. Lloramos juntos, reímos unidos. Nos besamos con la inocencia de la primera vez, con la intensidad del último adiós. Sin complejos, sin pensamientos, sin nadie más a nuestro alrededor.

Me sentaba al borde de la escalera, sí, donde el suelo todavía se sentía firme y seguro. Con un cielo oscuro, amenazante por momentos, las gotas de agua resbalaban por mis brazos, deambulando sin rumbo. Disfrutaba imaginándote correr libre y sin ataduras. Con tu mente y tus sueños galopando al ritmo de tus piernas, con tu mano sobre la mía, con mi mano sobre tu tierno rostro.

Pero los secretos, secretos son. Ellos no lo saben y nunca lo sabrán, cariño. No son conscientes de que sigues aquí dando color a unas hojas que desearían marchitarse y poner fin a su noble vida. En el cantar los pájaros, en los silbidos del viento y el azul de esos ojos que nunca escaparán de mis recuerdos. Aquí, en nuestro mágico rincón, el que habita en tu corazón.

¡Hasta mañana, princesa!

Lo que nadie supo nunca. – Camila Sandoval

Nadie confió nunca en Raquel, nadie creyó que ella también necesitaría ayuda cuando las cosas se torcían. Nadie fue capaz de creer que ella a veces solía tener problemas para seguir adelante, y nadie tuvo el valor de tenderle una mano para que no se cayese.

Siempre supo apañárselas sola. Logró salir adelante por su propia cuenta, creció y se hizo cada vez más grande por dentro. Creció tanto que no había nadie capaz en la tierra de herirla o de hacerle sufrir, después de haberle quebrado el alma en mil pedazos ella misma creó un muro inmune y nadie había sido lo suficientemente fuerte para atravesárlo y quedarse ahí para siempre.

Todos la creyeron siempre como una niña que tenía una vida perfecta y que jamás sabría el significado de la palabra “problema”. Pero eso no era cierto. Nadie supo nunca que ella sufría porque su padre solía abusar de ella, o que su madre la odiaba por ser más bella que ella, o que sus hermanas nunca la quisieron porque siempre ganaba o porque era más inteligentes que ellas.

Y todo era cierto, Raquel era preciosa, tenía una tez admirable y habían muchas muchachas, a parte de sus hermanas, en el pueblo que envidiaban la capacidad que tenía de enamorar a todos los chicos. Aunque Raquel nunca tuvo interés en los chicos. Sus grandes ojos azules siempre se veían triste, aunque nadie fue capaz de ver la tristeza que éstos ocultaban. Su boca siempre iba pintada con un ligero tono rosado, el cual le hacía lucir unos carnosos labios que muchos desearían besar. Su largo y lacio cabello castaño siempre iba bien peinado y adornado con flores que los jardineros solían regalarle cada mañana cuando salía a oler el aire fresco. Y qué decir de sus preciosos vestidos, siempre iba bien vestida, ya que todos los colores le sentaban de maravilla en aquel precioso cuerpo de una muchacha de dieciocho años.

Sin embargo, nadie fue capaz de ver más allá de una apariencia física. Todos admiraban y envidiaban su vida y, sobretodo, su magnifico físico. Pero ella también sufría en silencio, también solía ver las cosas de color negro, también le costó salir adelante a los obstáculos que la vida o el destino se atrevió a ponerle en su camino.

Y fue por eso que un día, cuando cumplió veinte años, decidió abandonar a todos los lujos que tenía y que iba a tener de por vida por ser quién era. Decidió coger cuatro pantalones, algunas camisetas viejas dejando en el armario todos sus lujosos y caros vestidos. Cogió un caballo del establo y huyó. Sólo Dios sabe qué fue de ella”.

—¿Y a dónde se fue? —dijo el pequeño con el bello a flor de piel, la historia que la anciana le contó le había impactado.

—Ninguno de los soldados que partieron en su búsqueda fue capaz de resolver aquella duda, pequeño. Nadie supo nunca qué fue de Raquel. —Una pequeña sonrisa salió de la boca de la anciana.

Lo que nadie sabrá nunca es que, aquella anciana era la única que sabía el paradero de la princesa cuando decidió huir. Ya que ella hace mucho tiempo fue la mismísima Raquel.

¿Serían sueños perdidos? – Meraki

Fue en la abadía, años antes podría haberme reconocido a mí misma en una de ellas. Pero ya no tenía edad de estar en el instituto, ahora me veía pensando por mí misma teniendo mis valores. Todos ellos, mezcla de lo que tuve hace unos años. No sé qué les enseñarían en lo que fue un internado de monjas. Solo me las imagino meses y meses encerradas allí; envueltas por aquella verde y asfixiante vegetación mezclada de lluvia y frío durante un año entero. Así día tras día hasta que tuviesen edad de ir a la universidad. Padres de todo el mundo las enviaban a aquel internado cristiano. Ahora todos ellas mayores, incluso más que yo porque ese instituto fue cerrado hace mucho, porque todas esas historias ahora son un lugar expuesto al público; simplemente una atracción turística. Y yo, que estoy aquí de viaje, solo me pregunto que se le podría pasar por la cabeza a una persona que casi por voluntad propia decide estar apartada del resto del mundo habiendo observado de cerca lo que es estar privado de libertad, pero en este caso, de forma impuesta.

Pero yo lo llamaba hogar. – Capicúa

Lo que yo llamaba casa, lo que yo llamaba hogar… nunca acababa reflejado en los dibujos infantiles que pintábamos en el colegio, los pocos días que íbamos al colegio. Me basaba en otra cosa, que probablemente habría visto en algún libro de historia. Paredes muy altas, escaleras en la entrada, todo rodeado de ramas. Verde y esperanzas. Y lo pintaba así porque me gustaba, porque quería que algún día fuera el lugar donde viviría mi familia.

Pero no dibujé nunca lo que yo llamaba casa, lo que yo llamaba hogar. Porque no tenía piedras sólidas sobre las cuales asentar una vida de verdad. No había ventanales con cristal. No había una puerta de madera que chirriara al entrar, ni había recibidor. Pero yo lo llamaba casa, yo lo llamaba hogar.

Lo que yo llamaba casa, lo que yo llamaba hogar… no tenía lumbre, no tenía campanas que repicaran al despertar en una cama que eran dos cartones de cajas de almacenar sueños destrozados. No tenía luz, ni agua corriente, solo un recipiente donde si había suerte te podías lavar. Pero yo lo llamaba casa, yo lo llamaba hogar.

Lo que yo llamaba casa, lo que yo llamaba hogar… era simplemente tierra batida, cuatro placas de aluminio, madera sin tallar. Mantas apretujadas en una esquina del corral de otra casa no mucho más grande. No tenía armarios, no había mucho que guardar en ellos. No reunía a mucha gente bajo su techo medio abierto al cielo, porque mi gente se reunía en la calle. Y yo lo llamaba casa, yo lo llamaba hogar.

Pero un día llamaron a la puerta, esa que no tenía marco ni madera. Que era el plástico de una mesa que alguien había tirado a la basura. Todo ese cúmulo de cosas viejas dejó de protegernos. Unos hombres alzaron la voz y nos mandaron lejos. La tierra batida se convirtió en tierra removida, esparcida cerca de la playa. Las pocas cosas que teníamos, acabaron fuera. Tres o cuatro prendas de ropa, una muñeca.

Pero estaban derribando mi casa, estaban derribando mi hogar.

Ellos lo llamaban escoria.

Y yo lo llamaba casa, yo lo llamaba hogar.

6

Que este micro-relato volviera a la vida fue gracias a la imagen de Gabriel, aunque todavía no sé por qué: Despierto todavía dormida en una cama que ya no es mía, mis padres me hablan de la aventura de nuestras vidas. Comenzamos un viaje con la policía aporreando nuestra puerta desvalida. La maleta es una bolsa de basura con dos vestidos, casi desnuda. Rostros que sonríen, otros ya se enfadan, y no sé por qué salimos con cabeza gacha. Mamá dice: “Vamos a una casa encantada”.


Jardines. – Andrea

La mansión Orshton era, a mis ojos, una de las mayores maravillas que había tenido el placer de contemplar. Allí sólo vivíamos mi familia y yo, aunque las dimensiones de la casa fueran excesivas para tan pocos miembros en ella. Hace veinte años yo la recordaba como mi único lugar de descanso. Mi paz interior estaba ligada a ella.
Yo de pequeño no tenía gran cantidad de amigos, y todos ellos estaban a distancias enormes. Vivía en medio del campo, aislado de la civilización, y las clases me las impartía mi padre, que en sus tiempos fue profesor. Mis problemas familiares, que eran pocos, a veces me llevaban en un arrebato de rabia, a abandonar la casa unas horas. Todo niño pequeño inocente y cabezota se ha escapado sólo por una leve regañina, y yo no era menos. En una de mis fugas temporales pasó algo que me cambió la vida para siempre. Hice mi primer amigo. Una persona muy importante para mí. Éramos inseparables. Como dos gotas de agua. Hermanos sin lazos de sangre. Almas gemelas.

Era el 11 de Noviembre del 1996. Mis padres estaban enfadados conmigo porque no era capaz de socializar. No padecía autismo, pero siempre fui un chico muy introvertido. Prefería quedarme en casa leyendo, o disfrutando del cálido sonido del tocadiscos de mi abuelo mientras mi gato se paseaba por las teclas del piano. Siempre veía en las noticias que los niños de mi edad tenían que salir, por su salud, a hacer amigos y jugar en la calle. Que quedarse todo el día en casa era perjudicial. Y eso lo sabía, pero no entendía la necesidad tan grande de presionarme para hacer amigos. Siempre me sentí muy solo pero ya estaba acostumbrado a eso. Era mi estilo de vida, y realmente yo era feliz. Nunca noté que me faltase algo, pero siempre fue así. La amistad es algo muy importante y necesario en la vida de cualquier persona, seas un niño, un adolescente, un adulto, no importa. Por eso el que yo estuviese agusto sin ella me hacía pensar que tal vez el problema era mío.
Mis padres no paraban de gritarme cosas como “Lo decimos por tu bien”, “Sabes que te queremos, por eso te decimos esto”, “Necesitas amigos, no puedes estar solo el resto de tu vida”…
Rápidamente me cansé de oír esas palabras. Llevaban resonando en mi cabeza desde que nací. Sentía que toda la culpa recaía sobre mí, y no podía apoyarme en nadie, porque no tenía a nadie. Seguían y seguían insistiendo en que socializase, pero no tenían en cuenta mis sentimientos al gritarlo a los cuatro vientos. Tal vez podían herirme dirigiéndose a mí así, de esa manera tan antipática, seria y ruidosa. Tal vez sabiendo mi problema podían intentar decirlo de una manera más amable a mis oídos. Sin intención de hacer daño y controlando lo que salía de sus bocas. Pero la situación no permitía ese tipo de conducta.
Después de un largo rato aguantando sus gritos tan desesperados y tan cerca de mí, opté por salir corriendo hacia la puerta principal. La abrí y seguí corriendo, adentrándome en el bosque. Me escondí detrás de un árbol próximo a la casa y esperé a que mis padres saliesen.
“¡Vuelve aquí! ¿Dónde se ha metido?” decía mi madre. Parecía triste por mi ausencia, pero realmente, en parte lo había causado ella.
Mi padre, en cambio, era más radical, más estricto con estos temas. Desde que el abuelo murió se volvió un hombre muy sobrio, entregado y trabajador. No tenía tiempo para bromas, siempre estaba ocupado y casi ni pasaba tiempo con mi madre y conmigo.
Él directamente gritaba “Se va a enterar cuando regrese”. Mi madre parecía muy preocupada por lo que fuese a hacer mi padre cuando volviese, porque sabían que en algún momento iba a regresar, no era la primera vez que me fugaba.
Unos minutos después entraron de nuevo y tan sólo pude oír los tablones de la puerta crujiendo, indicándome que ya se había cerrado del todo. No sabía qué hacer. Aún con la rabia en mi interior, seguí corriendo entre los frondosos árboles que poblaban aquel bosque. Cuando mis piernas no pudieron más y ya me había perdido por completo, me senté a descansar a la sombra de un ciprés. Aún jadeaba por el cansancio, pero mi pulso ya no estaba tan alterado. No estaba acostumbrado a hacer ejercicio porque no salía de casa, por eso correr aquella distancia, fuese lo corta que fuese, me suponía un esfuerzo mayor que el que haría un niño normal de mi edad. Además me cansaba enseguida y mis piernas tenían una consistencia y una flexibilidad muy débil. Estaba agotado, casi ni podía moverme.
Empecé a recordar todos los motivos por los que estaba allí. Era inservible para mi familia. Ellos querían un niño extrovertido que fuese muy popular, que supiese comunicarse bien con los demás y que no supusiera ninguna molestia para nadie nunca. Pero supongo que eso es lo que quieren todos los padres. El hijo perfecto. Y ninguno lo conseguía porque ese modelo, ya no sólo de hijo, sino de persona, no existe.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla lentamente a causa de esa impotencia que había generado mi problema. Nunca supe como solucionarlo pero sabía que la culpa era mía y que sólo yo podía arreglarlo. Pero que nadie me ayudaría nunca a hacerlo y tan solo me presionarían más y más.
Estuve horas y horas a la sombra de aquel altísimo ciprés. Lamentándome por aquello que no sabía hacer. O que directamente no podía hacer.
Mis ojos estaban comenzando a pesar y se estaban cerrando lentamente. Estaba adormecido. Justo antes de quedarme completamente dormido, escuché un sonido muy cerca mío y noté un suave tacto en mi camisa.
“Oye, ¿estás bien?” fue lo que oí.
Abrí los ojos y, aún medio dormido, pude divisar a un chico enfrente de mí. Era bajito, aunque seguía siendo más alto que yo. Parecía tener mi edad y era rubio de ojos azules.
“¿Te has perdido?” me preguntó.
Parecía preocuparse mucho por mi estado en ese momento.
“No, gracias” es lo que contesté.
No sabía muy bien qué responder ante aquella repentina amabilidad. Nunca había hablado con nadie en persona que no fuesen mis padres o mi abuelo. Al menos no sin ellos al lado.
“Me llamo Hans, ¿y tú?”.
No le bastó con pronunciar esa frase con un tono tan suave y agradable que me hacía ruborizar, sino que también esbozó una pequeña pero dulce sonrisa al final de ella. Su dentadura era sencillamente perfecta y, aunque no me gustase admitirlo, me encantaba su voz.
“Yo me llamo Mark”.
Intenté sonreír para responder a su buen trato, pero antes de conocerlo no sonreía mucho, así que no lo conseguí.
“¡Encantado!”
Volvió a sonreír esta vez con los ojos cerrados, y me tendió la mano. Se la cogí y me elevó hasta dejarme de pie.
“Oye, una pregunta… ¿Por qué estás solo?”
De repente dejó de sonreír.
“Oh, sí. Me he fugado de casa” respondí.
El chico se horrorizó y en seguida me preguntó el motivo.
“Es una historia muy larga. Mis padres siempre están diciéndome que haga amigos, pero me cuesta muchísimo expresarme y hablarle a los demás. Cansado de escucharles gritándome, he venido aquí. Realmente no sirvo para nada”.
Otra lágrima cayó al suelo no sin antes deslizarse por mi mejilla.
“No me lo puedo creer. Pareces un buen chico, no llores, yo seré tu amigo”.
Acto seguido volví a poder disfrutar de su sonrisa. Me acarició la cara con sus suaves y pequeñas manos, secándome las lágrimas, y me dio un beso en la mejilla. Yo no supe como reaccionar y tuve que mirar hacia otro lado, porque mis mofletes habían tomado un color rojizo muy intenso. No contento con eso, después me abrazó.
“¿Puedo ir a tu casa y así le dices a tus padres que ya tienes un amigo? Así a lo mejor te dejan en paz”.
“E-estaría genial. Muchas gracias, Hans”.
Esta vez hice todo mi esfuerzo en sonreír y lo conseguí. Al menos podía sonreír para él.
“De nada, J.M”.
¿J.M? No sabía de donde venía ese nombre, pero de alguna manera me llenaba de felicidad que alguien me llamase por un mote. Y aún más que ese alguien tuviese una voz tan angelical.
Después de ese encuentro fuimos a mi casa. Quería que mis padres supiesen que su deseo más anhelado se había cumplido. Y estaba muy feliz por ello. Yo más que ellos, creedme.
Nos tomó unos minutos pero al final llegamos a la puerta de mi casa.
“¿Aquí es donde vives? Es precioso”.
Parecía maravillado ante mi mansión. Y era de esperar, yo también lo estaba.
“Sí. Es bastante bonita. Entremos”.
Empujamos la puerta y entramos al hall.
“¿Mamá? ¿Papá?”
Ninguno de los dos respondieron pero en cuanto me oyó mi gato vino a recibirme.
“¡Un gato! ¿Es tuyo?”
Hans se agachó a acariciar a Leticia III, mi gata. Sí, era hembra. Pero era tan grande y robusta que parecía macho.
“¡Sí, es mía! Se llama Leticia III”.
“Leticia… ¡Me gusta!”
Los dos comenzamos a reír. Hacía muchísimo que no me reía. Era gratificante saber que había una persona en el mundo que conseguía hacerme sonreír como nadie nunca lo había hecho.
Mis padres llegaron, y al ver al chico a mi lado, mi madre comenzó a llorar y me abrazó.
“Mark… Lo conseguiste. Estoy orgullosa de ti. Mi niño…”
Mi padre parecía enfadado, pero en cuanto vio a Hans se calmó.
“Al fin, Mark. Ya era hora. Enhorabuena”.
Aunque este pasó de abrazarme, yo me sentía muy feliz de que alguien tan serio como mi padre me elogiase.
“¿Podemos salir a jugar al jardín?”
Sí. Yo mismo pregunté eso. Por fin sentía la necesidad de salir fuera. Como los niños normales. Por fin podía jugar con alguien y disfrutar de su compañía. Por fin tenía un amigo.
Salimos a jugar al jardín y yo me llevé dos cometas para compartir. Estuvimos un rato haciéndolas volar cual pájaro en el aire. De repente Hans empezó a llorar. Yo de inmediato solté la cometa y fui corriendo a su encuentro.
“¿Qué te pasa? No llores por favor…”
Era la primera vez que me preocupaba por alguien. Era un sentimiento extraño. Pero me sentía realizado.
“Es tan solo mi cometa. Se ha quedado pillada entre los adornos de esa fuente”.
Rápidamente me tiré al agua para intentar recuperarla. No quería que mi único amigo estuviese triste, me causaba ansiedad.
Él también vino a intentar cogerla. Se subió en mis hombros y cogió la cometa, pero no me dio tiempo a soltarle y cayó al agua. Pensaba que se había hecho daño pero de repente sonrió levemente y después comenzó a reír. Me dio un suave empujón con su mano izquierda, yo también caí al agua y empecé reír con él. Una batalla de agua se libró allí mismo, entre los dos.
Años más tarde, aún seguíamos viéndonos. Todos los días Hans venía a mi casa a jugar. Siempre en el jardín. Y siempre con guerras de agua. Me convertí en un niño más abierto pero sin dejar de ser bastante introvertido. Y todo gracias a él. Aprendí a sonreír y a ser feliz. No como lo era antes. Feliz de verdad. Y todo… Gracias a él.
Un día, mis padres me dieron una mala noticia. Nos teníamos que mudar. Mi padre había encontrado trabajo en la ciudad de Londres, y se tenía que trasladar. Pregunté si podía despedirme de Hans pero mi madre negó con la cabeza.
“Tenemos mucha prisa” decían.
Pero no llegaba a entender que no pudiese despedirme de la persona más importante para mí. Mi mejor amigo. Nos subimos al coche que nos llevaría a nuestro nuevo destino. Yo, como siempre, mirando por la ventana. El paisaje estaba borroso por las numerosas gotas de lluvia que se deslizaban por la ventanilla. Y así estaba yo. No podía contener las lágrimas sabiendo que, tal vez, Hans y yo nunca volveríamos a vernos. Pasamos hasta por delante de su casa. El deseo de salir del coche y correr hasta él estaba dentro de mí. Pero desgraciadamente no podía hacerlo.
Pasaron los años y nunca volví a saber nada de Hans. Mis padres ya habían muerto y yo había llegado a mis treinta. Era el 2016. La mansión Orshton había quedado vacía. Pero yo tenía planeado desde que cerramos la puerta por última vez volver allí. Rehacer mi vida allí. Donde comenzó todo. Y así lo hice. Cogí todas mis pertenencias y me monté en el coche. La noche se cernía sobre mí, pero por suerte aún me acordaba de donde estaba esa vieja casa. Ese campo alrededor, ese bosque… Y, sobre todo, esos jardines. Aquellas fuentes, aquellas flores que mamá cuidaba. Donde Hans y yo jugábamos día sí y día también. Todos esos recuerdos que fluían por mi cuerpo. Todos ellos eran buenos.
Contemplé la casa desde fuera. No había cambiado nada. Aún podía ver las escenas en las que de niño jugaba con él a las escondidas. Era como si pudiese ver el pasado teñido de un color rojizo. Como en una película. Procedí a entrar en la casa. En las paredes al lado de la puerta central se hallaban las letras “J.M.” en pintura roja. Acaricié lo que quedaba de ella y me miré la yema de los dedos. La pintura estaba muy seca. De hacía unos dieciocho años atrás. Abrí la puerta y como de costumbre, los tablones crujieron, esta vez dejando un sonido más estridente en el aire debido a la vejez de los mismos. Observé la entrada. Estaba tal y como la habíamos dejado. Un poco sucia, pero se arreglaría enseguida.
Dejé todo a un lado y subí corriendo a mi cuarto, donde Hans sólo entró una vez. La última que nos vimos. Nada más traspasar la puerta de mi habitación pude divisar una sombra de color blanquecino observando el firmamento. Sabía perfectamente quién era.
“He vuelto, Hans”.
“Tú nunca te fuiste, J.M. El que se fue… fui yo”.
Me tendió la mano, tal y como hizo cuando nos conocimos, y mientras notaba como su espíritu se desvanecía ante mí, pronunció sus últimas palabras.
“Estos jardines nunca llorarán mi pérdida de la misma manera en la que lo hiciste tú”.
Acto seguido, desapareció por completo. Dejándome arrodillado delante de la ventana de mi habitación, llorando desconsoladamente.

 DESDE UN ENFOQUE DIFERENTE. – Syra Biqiu Ramos Moreno

La verdad es que no sé por dónde empezar, los principios suelen costar, pero lo importante es eso, empezar. Puede salir bien o mal, pero lo importante es arriesgar a probar cosas nuevas, a aventurarse; descubrir y hacer cosas diferentes a las que estamos acostumbrados.

Me aventuré en este proyecto, porque por Twitter empecé a ver comentarios de esta idea de comentar una foto según lo que te inspire y según lo que te llame la atención; así pues, yo ya avisé a Ana, que quizás lo mío no era escribir y que no tengo mucha creatividad. Pero quieras o no, el escribir tiene muchos puntos de vista, es muy subjetivo, puede tener muchas interpretaciones. Lo pensé bien, y llegué a la conclusión de que no tienes que escribir para los demás, no tienes que escribir para agradar ni para gustar sino escribir para ti, para poder tener una experiencia interior, pienso que el escribir es un reflejo de cómo te sientes tú en ese momento, tus interpretaciones y tus vivencias que influyen al escribir.

Así pues, ahora empiezo con esta foto que espero que sea la primera de muchas, porque aunque tengamos muchas tareas que hacer, personalmente pienso que es bueno y bonito tener un tiempo para hacer estos relatos para poder tener tiempo para ti y descubrirte. Creo que cuando pase un tiempo y lo lea, será bonito y melancólico ver todo lo que se me movía por aquel entonces y cómo han cambiado las cosas..

La primera vez que entré en la página para escribir sobre la foto, al verla lo primero que pensé fue «lo dejo para otro día», la foto me tiraba un poco para atrás. Supongo que es por lo que creo que representa, una iglesia o algo así. La religión es un tema que me tira para atrás, no porque no lo respete sino porque es algo de lo que no conozco mucho y lo poco que me han contado son cosas negativas, pero mirándola un poco mejor, ya me decidí a escribir. La verdad es que me ayudó el fondo verde; la naturaleza me inspiró algo más natural y más bonito ante la primera figura de la foto.

Pues bien, esta fue mi primera impresión y creo que aunque lo queramos negar, a las primeras impresiones sí que les damos importancia; el problema surge cuando sólo nos quedamos con eso y no vamos más allá. Así pues, fui más allá.

Quise conectar la religión como algo natural, hoy en día creo que se están creando muchas separaciones entre ideologías (ya sea relacionado con las creencias religiosas, cultura u orientaciones sexuales). Es algo que no podemos evitar, vivir implica muchas distinciones y diferencias entre nosotros, pero no hay que crear limitaciones por ello, creo que en la diferencia está el gusto, pero no la discriminación ni la falta de respeto. Al abrir la foto, a mí me tiró para atrás, porque no estoy muy familiarizada con las religiones, pero aun así creo que hay que saber convivir con aquellas personas para las cuales la religión lo es todo. Creo que es bonito que nos alimentemos mutuamente, que al igual que con la religión hay discrepancias, también pueden haber muchos temas donde las personas nos podamos enriquecer. Es verdad que muchas ideologías llevan muchas otras en el mismo saco, pero no por ello hay que tachar a la gente. Creo que sería muy bonito una sociedad en la que cada uno con nuestras diferencias y nuestras similitudes pudiéramos convivir en un mundo rico en la diferencia y en las personas.

Y volviendo con la actualidad, creo que hoy en día hay mucha rivalidad o competitividad entre ideologías, preferencias o gustos y nos estamos olvidando de que la diferencia nos puede aportar mucho más o en el mismo estilo que las similitudes.

Con esto no quiero decir que lo que yo opine o lo que diga tenga que ser así, sea lo mejor o la verdad absoluta; simplemente me apetecía compartir lo que me ha sugerido esta foto y llevándolo al tema personal poder expresar lo que me ha llegado e inspirado la foto.

Tan cerca pero a la vez tan lejos, tan iguales pero a la vez tan diferentes.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *