III. Bajo mi piel hay más poesía

Gabriel López Benedito

1. Her . – Anonymous
2. Aunque el tiempo pase… algunas cosas no cambian . – Camila Sandoval
3. Paula . – Nacho González
4. Eso o nada . – Sight
5. Conocerla . – Aintzane Rodríguez
6. Todo lo que lograste . – Bea Esteban
7. Marte . – Maribel Aquilino
8. Esos ojos . – María Jesús Juan

6

Her – Anonymous

No, you can’t love her. No matter how hard you desire it. No matter how wonderful could you make her feel. No matter how often she appears in your dreams. You just can’t.

And it burns. It burns you  from the inside out. Because you see her everyday, or not, but she lights up your messed up world every time she appears. You know it, there is this little fire inside that heats you each time like a shot of vodka, but you are not able to extinguish it, nor letting it burn all to the ground.

Could be because she loves other one. Maybe it is because you never met directly and there is no way to start a conversation. Maybe she’s been too close to you, or she is really far. Sometimes is not the right time, or the right place. And sometimes there seems to be no reason at all, but you still can’t.

Her smile feels like the sun warming a December day at Helsinki, ephemeral but priceless. Her eyes can express more than Benedetti, and her voice could make Ulysses tie himself. She’s like music, strong enough to make you tremble but so elusive that it disappears as you hear it.

Only some meters may separate you every day, but for you it can seem light years away. You can’t love her, like if you were not allowed by something bigger and that is not going to change.

Some things just happen, and some others just don’t. Is not easy to carry on, but staying behind is never an option. If you are lucky, you’ll find other soul that lights up this carnival of feelings, but not this one, because

You can’t

Love

Her.

Aunque el tiempo pase… algunas cosas no cambian. – Camila Sandoval

Parece mentira que haya tenido el coraje de subirse a pesar del miedo irracional que le supone exponerse en público. Se nota que lleva por dentro la sangre de su madre. Ella era así; atrevida, valiente, no le temía casi a nada. Y ahora que la observo, tiene mucho más parecido del que yo imaginaba a Lucía. Tiene la misma sonrisa tímida y dulce; una sonrisa que es capaz de brillar en la oscuridad, una sonrisa que me hace sentir seguro siempre que la tengo cerca. Tiene los mismos ojos y la misma mirada que Lucía: una mirada que oculta secretos, secretos que jamás llegaré a saber.

Aquel brillo especial en los ojos es algo característico de Laura: siempre sus ojos están brillando, y eso le hace verse aún más hermosa de lo que es, si es que eso es posible.

Cuando Lucía desapareció de nuestras vidas sin decir nada, me sentí hundido. Pensé que no sería capaz de cargar con el peso de la soledad, y menos aún, con el peso de una preciosa niña: mi niña. Pero cuando me atreví a mirarle a los ojos, después de horas, todo ese miedo se fue esfumando convirtiéndose en esperanza. Y así hasta día de hoy.

Mi niña ya es completamente una mujer. Una mujer que está cumpliendo sus sueños, y afortunado soy yo, de poder estar cerca de ella mientras se supera a sí misma al mismo tiempo que mi corazón se va llenando de satisfacción y de orgullo.

Ahora comenzará a recitar aquel hermoso poema que escribió una fría tarde otoñal. Me acuerdo de la fecha porque cuando llegué a casa me recibió con un abrazo y me la recitó temblando por si lo hacía mal, pero no lo hizo. Aquel día me di cuenta de lo bonita que era su voz; embellecía aún más las palabras con su dulce susurro. Me recordó mucho a un canto de sirena. Mientras recita el poema veo cómo el público tiene los ojos y las orejas completamente puestas en ella. Veo cómo a algunos se les pone la piel de gallina. Cuando acaba, todos aplauden con entusiasmo, pero nadie más que yo. Veo que la gente que está atrás del todo se levanta de sus asientos y aplauden felices. Después de hacer un pequeño agradecimiento se baja del escenario y se acerca a mí. La abrazo y le digo suave en el oído lo orgulloso que me siento de ella. Me regala un beso en la mejilla y me dice: —Bueno, papá. ¿Qué tal te parece la idea de ir a alquilar alguna película de comedia y comprar palomitas y verlas en casa? Sonrío. Así es cómo solíamos celebrar sus pequeñas victorias cuando Laura era más pequeña. Después de todo mi niña, a pesar de ser ya una mujer, sigue siendo mi niña.

Paula. – Nacho González

Acababa de terminar las tareas de clase, se dio un momento para desconectar, y como buen adolescente sacó el móvil, abrió el WhatsApp, y se encontró una invitación en el grupo de amigos; la había escrito una tal Paula. Hacía tiempo que la veía en el grupo, aunque no estaba seguro de quién era.

La invitación era para una especie de sesión de micros abiertos, que iba a darse en un bar cercano.

«Pffff, mañana hay clase…— pensaba él— aunque a primera hora tampoco hay nada interesante…» y como la curiosidad era demasiado fuerte, se puso su chaqueta larga encima de una camiseta cualquiera y salió a explorar la noche.

Cuando llegó, Álvaro y Pedro estaban charlando en la puerta, como siempre Álvaro estaba fumando y, como siempre, Pedro se retiraba sigilosamente porque era muy educado para decir que le molestaba el humo. Así que los tres de siempre empezaron la velada con una cerveza cada uno, consiguieron una mesita alta y crearon un ambiente agradable a través de anécdotas y chistes repetidos noche tras noche y comentarios poco profundos sobre la nueva pareja del grupo, Teresa y Ana, que habían pasado del anonimato a la fama en todo bachiller.

De pronto se apagaron las luces,  y las actuaciones se fueron sucediendo lentamente: músicos que se escapaban de los metros diurnos y se dejaban caer por las cantinas nocturnas, cuentacuentos con la capacidad de transportarte a rincones extraordinarios… y los poetas, enamorados, críticos o melancólicos, pero siempre poetas. La chica que actuaba a continuación era una de ellos, se la notaba un poco nerviosa, lo cual despertó la curiosidad de los tres amigos; mas en el momento en que las palabras empezaron a salir de su boca, como notas musicales salen de un violín, se hizo el silencio.

Cada frase que ella decía se quedaba susurrándole al oído: “… con ganas de vivir, me llamas, sin decir palabra y yo acudo a ti”. ¿Quién era aquella chica? Hablaba como quien describe cuadros, y cada palabra era la pincelada que él ansiaba oír, pero no lo sabía hasta que la oía. Necesitaba hablar con aquella chica, contarle sus temores y esperanzas, solo para que ella lo mirase como a un igual. No podía resistirlo más e hizo la pregunta que necesitaba: “Tíos… ¿Quién es?” Pedro, sin apartar la mirada del escenario y con tono de ligera sorpresa le contestó: Es Paula.

¡Paula! Ahora se arrepentía, había pasado cursos enteros al lado de una antorcha, obviándola. No sabía si al día siguiente sería la misma chica, pero él ya tenía un buen motivo para ir mañana a primera hora.

Eso o nada. – Sight

La primera vez que subió a un escenario fue con una guitarra entre las manos, con greñas en la cara y 13 años. Tampoco había pasado tanto tiempo, pero parecía una eternidad al pisar otra vez los peldaños de cemento.

No la obligaban a subir y ponerse delante de ese micrófono, pero las luces de los focos, el sonido correspondiente al inicio de su música, personas jaleando un “guapa” estridente, aquella voz tratando de escapar en un intento desesperado, la mano libre tamborileando sobre unos pantalones vaqueros, tan normales, como ella, tan normal como sus miedos…

Todo eso actuó por ella durante esa noche en que se oyeron instrumentos dulces y un timbre de mujer mucho más adulta de lo que aparenta. No la obligaron a subir y ponerse delante de tanta gente sin respeto por su voz y por su cuerpo. Gutural y profunda simplemente cantó, porque eso es lo que ella hacía. Extraña pero tan normal.

Normal, poco le quedaba en la vida, aunque le quedase una vida por delante. No había otra posibilidad.

Aferrarse a esa canción fue la última solución y de vuelta a casa lloró. No iba acompañada. El momento había pasado. Y aunque no había pasado tanto tiempo,  le pareció una eternidad. En la calle ya no se oía “guapa”, pero no sabía si lo prefería o al menos que le hablaran le reconfortaba.

Muchos se habían aprovechado de toda la inocencia que guardaba, de unas cuerdas vocales tan suaves como las de su guitarra. Ahora tenía una sonrisa amarga, pero sabía ocultarla. Mucho más no le quedaba, probablemente era eso o nada.

Conocerla. – Aintzane Rodríguez

La primera vez que conseguí que me desvelara el lugar de sus recitales, me presenté allí sin saber muy bien qué me iba a encontrar. Era una cafetería pequeña, estrecha como un pasillo que se escondía entre dos edificios. Me quedé unos minutos fuera antes de entrar, observando cómo los pisos altos de los edificios se apoyaban entre ellos, como si fueran a caer.

La cafetería, en contra de lo que me había esperado, estaba abarrotada de gente. Me sentí bien al ver que era el único del instituto, porque, aunque fuera estúpido, significaba que ella sólo me había revelado el sitio a mí. Era como un pequeño secreto compartido entre nosotros dos, un secreto que acortaba la distancia abismal que nos separaba. Como si fuera un bote salvavidas, que te mantenía a flote aunque sabías que en algún momento se hundiría.

Me senté en uno de los butacones desgastados que había en el lateral, justo al lado del escenario. Quería verla bien, porque estaba seguro de que de lejos me perdería todos los pequeños detalles. Sabía que no estaba bien. Sabía demasiado bien que no era normal la manera en la que necesitaba conocer todo de ella. No me molestaba que ocultara secretos, pero cada vez que me contaba uno, aunque fuera minúsculo, sentía que la conocía un poco más. En realidad, y de eso me di cuenta tiempo después, nunca la conocí de verdad, ni siquiera un poco. Sus secretos, o al menos los que se atrevía a compartir conmigo, no eran más que hechos ridículos sin importancia que en su momento no fui capaz de ver.

Entonces, cuando empecé a pensar que tal vez ese no era mi lugar, ella apareció sobre el escenario. Me fijé en cada paso que daba, cómo levantaba el talón y dejaba que todo el peso de su cuerpo cayera sobre la punta de sus pies. Sus brazos se balanceaban ligeramente, parecían movidos por una brisa imaginaria. Podría haber detenido mi análisis allí, pero necesitaba conocer más. Sus cejas, la curvatura de sus labios, el ceño fruncido, la sonrisa triste. No podía parar, una vez que empezaba a observarla quería saberlo todo, verlo todo.

Me miró. Sus ojos me taladraron y me sentí completamente expuesto, como si con ese pequeño choque de miradas de apenas unos segundos fuese capaz de descubrir lo que se ocultaba en mí. Cosas que ni yo mismo conocía. Pero apartó la mirada, y cuando quiso hablar, lo único que salió de su boca fue una carcajada. Y eso fue más impactante que cualquiera de las poesías que vinieron después.

Todo lo que lograste. – Bea Esteban

Desgarra no ser esa persona.

Volver la mirada al frente y verla para que de pronto todo se vuelva agridulce. Esa voz que te grita desde dentro «nunca serás ella, nunca serás ella» saca las garras y empieza a arañarte la garganta, empieza a destrozarte el estómago, te hace sentir hueca. De pronto tus méritos dejan de serlo. Se apagan las luces. Te empequeñeces. Sólo la ves a ella, y a todo lo que tú no eres, y a todo lo que tú no tienes.

Sólo la ves a ella y sólo ves lo que quieres ver.

Te habías subido al escenario buscando una luz que ahora sientes que te falta.

Oh, ¿la has oído cantar? Ella está mucho más arriba.

Pero, ¿y si no?

Ella no ha visto cómo has recuperado la voz después de pasar tanto tiempo con la garganta desgarrada y los nudillos blancos. Ella no ha visto cómo has sustituido las voces que nadie más oía por aplausos (y esta vez, no son los de tu estómago) y mensajes de buenos días. Cómo las notas del piano son ahora mejor alivio que un abrazo al váter. Cómo el pestillo de tu baño se ha roto, y has dado media vuelta con la cabeza en alto y has apretado los puños y has aguantado las lágrimas.

Y cada día te levantas dándole las gracias a Dios por esa voz que tiene tanto que decir, por la música que aún puede llenarte y por haber aprendido cómo salvarte.

¿Vas a dejar que ella te hunda? ¿Vas a dejar que la idea que tienes de ella te hunda?

Te contaré un secreto casi tan importante como el tuyo: ella también tiene una historia. Ella también tiene sueños y quizás son los mismos que los tuyos, o quizás son totalmente distintos. Ella también te mira con los ojos brillantes.

Pero da igual. Da igual lo que haya hecho. Da igual dónde esté. Nada de eso te tiene que hacer olvidar donde estás tú: en el escenario, mucho más arriba y mucho más feliz de lo que lo has estado en el pasado. Mucho más fuerte, más valiente. Lo que has aprendido no te lo quitará nadie. El amor de quien te quiere no lo encontrarás en otras vidas. Tus logros nunca los marcaron los aplausos ni el reconocimiento; siempre los llevaste dentro, contigo.

Lograste vivir cuando sólo querías verte muerta.

Lograste amarte cuando sólo te enseñaron lo que era el odio.

Lograste renacer. Revivir. Te volviste fuego y derretiste la nieve que te envolvía.

Sigues haciéndolo día a día.

Sólo falta mirarte con otros ojos, sonreírle al publico, ignorar ese desgarro y recordar que dolería mucho más no ser tú misma.

Marte. – Maribel Aquilino

Los focos iluminaban el escenario del bar, donde un tembloroso muchacho recibía los aplausos del público, una veintena de personas distribuidas en las mesas del establecimiento.
El chico del escenario respiró aliviado y dobló los papeles que llevaba en la mano mientras bajaba del escenario. Entre bastidores y esperado su turno, una chica que llevaba un sencillo vestido granate miraba con nerviosismo hacia el público. No conocía a ninguno de los asistentes, lo que apretó el nudo que notaba en la garganta.
Escuchó al presentador anunciar su nombre y se dirigió como una autómata hacia el escenario, mirándose los pies. Sólo se atrevió a levantar la mirada cuando estuvo delante del micrófono, para asegurarse de que lo tenía a su altura. Se recordó una vez más por qué estaba allí plantada, delante de tantos desconocidos. Con una profunda inspiración, tragó saliva y empezó a leer.
– “Otro año más llega noviembre
y con él los recuerdos y las cicatrices.
Te quise tanto como me doliste
pero me doy cuenta de que todo lo que tuve
fueron abrazos y palabras de cristal.
Nos unieron la música y las letras
pero jamás supimos aplicarlas a nuestra ciencia.
Perdiste y caíste, así que caí contigo;
me dejaste en el pozo y huiste con los lobos
y aquello también te supo a poco.
Te mentiste a ti misma con porcentajes,
me hiciste preguntarme por qué nunca fui suficiente;
me rompiste, o tal vez me rompí yo
Porque no supe amar
o porque no sabía cómo quererte a ti.
Tu nombre aún me da alegrías y penas
y he aprendido a dejar de buscarte
si tú no quieres que te encuentre.
Hoy sonrío y te ofrezco mi amistad
si algún día la quieres de vuelta.”
Levantó la cabeza y evitó mirar hacia el público, que empezaba a aplaudir con suavidad. Bajó del escenario y se dirigió hacia la puerta con seguridad. A partir de ese instante, todo sería así. Sin volver a anclarse en el pasado, sin dirigir la vista atrás.

Esos ojos. – María Jesús Juan

Había olvidado que existía hasta que haciendo la que esperaba que fuera su última mudanza en el desván encontró el proyector y junto a él una caja de hojalata llena de diapositivas. Aprovechó un rato de paz entre tanto ajetreo de operarios, muebles y sábanas blancas para bajar aquel descubrimiento al salón y sentada sobre la tarima desgastada hizo despertar a la máquina de un sueño que duraba más de veinte años. Allí, entre varias escenas de juegos infantiles, dio de bruces con su rostro y el corazón le dio un vuelco al cruzarse de nuevo con esos ojos cargados de luz que quiso atrapar para siempre con la palma de su mano. Melancólica pensó que el destino les había puesto en el mismo lugar ya dos veces y dos veces también se había encargado de separarlos. ¿Y si en algún lugar existiera una tercera oportunidad para ellos?

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