V. Luces

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1. Will I loose it?  – Anonymous
2. Alarga la mano y deja brillar tu luz. –  Sandra Fernández
3. Cuando callo. – Borja Rubio
4. Los verdaderos monstruos. – Maribel Aquilino
4. Autism. – Moony
5. La vida de Eve. – Bea Esteban
6. Fría . – Back of my mind

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Will I loose it? – Anonymous

—Will I lose my touch? — asked the young lady, looking at her hand, half illuminated by the entering sunlight in the room.

—Well, Miss Coleman, – tried to continue the doctor, with a notable trembling voice— at this early stage is difficult to provide an effective prediction on how will develop. However, the continuous effort to which your hands are submitted can be so damaging on the long—term. Continuing playing at this level may have irreversible consequences.

The young, skinny woman tried to say something, but couldn’t. Instead, she stared again at her pale hands, a bit shaky, with a mix of uncertainty and sadness on her face. She had never questioned stopped playing. It was her entire life. Life had no meaning without those graceful fingers sliding through the ivory pieces. And furthermore, she was gifted to do so. Hundreds of people piled up each time she went to the Royal Hall to hear that melody, worthy of being compared to the mermaid chant that almost ruined the Odyssey. She couldn’t deprive the people from that.

They thanked the doctor, packed up the goods and chattels and headed home. On the way back, the silence in the carriage was only troubled by the neigh of the coal black horses. Marcus hadn’t the value to ask nothing, and Olivia was absorbed looking at the cloudy sky. That night was the opening of a big show, probably the best opportunity that she had ever, and will have. It was during the previous practices when she felt the first cramps.  She has had some before, especially during an intense preparation like that. But those were different, they were stronger, more painful and didn’t stop after she paused playing. The pain was bone breaking and she couldn’t even control her hand for a while afterwards.

Nobody mediated a word until minutes before the show. Marcus had told the chief of the Hall and the director of the concert that she might not even be able to play. Of course, it would be a dramatic disappointment, but even having the hype up for her was rentable to get people coming, and even 10 minutes of her would please the crowd.

Then she appeared on the backstage, with her impeccable black dress, contrasting her pale skin, and both crossed looks.

—Olivia? — said Marcus — Are you really going to do this? You shouldn’t.

—There’s a difference, Marcus, sometimes you have to distinguish between what you should do, and what you have to. I didn’t make my way here by withdrawing and being cautious, and I will not be remembered that way.

She grabbed him by the shoulders, she kissed his forefront and headed to the stage. The crowd were insanely loud.

The show was on.

Alarga la mano y deja brillar tu luz. – Sandra Fernández

Una vez abierta la puerta que da hacia tu infancia, te percatas de lo lejano que quedaron esos dulces días donde la vida era vista a través de lentes del color  de la diversión y despreocupación. En esos años, nuestra única preocupación era a qué juego jugar y a no ser descubiertos en alguna travesura. Creíamos en la magia, y guardábamos esperanza e ilusión sin ser envenenados después por la maldad y crueldad que ahora de adultos vemos a nuestro alrededor. Nuestra risa era un regalo para oídos de nuestros padres, rezumábamos alegría y éramos sinceros, no pensábamos en como endulzar nuestras opiniones ni en engañar al otro para conseguir un objetivo, seguro egoísta. Alargábamos la mano para que, ya fueran adultos, abuelos, niños… cualquiera la agarrara y caminara a nuestro lado, invitándole a nuestra aventura. Dentro de nosotros existía una luz que iluminaba nuestras vidas. No dábamos tanto poder al físico como ahora, no estaba entre nuestros planes seducir a nadie ni sentirnos queridos usando nuestro cuerpo; ni siquiera dedicábamos un minuto al día a pensar en lo que los demás dirían de nosotros.

Sin embargo, ahora alargamos la mano y ¿qué recibimos? Problemas, malas noticias, trabajo, dudas, dolor, alguna que otra alegría, pero nada de esa ingenuidad dichosa que inspiran los niños. Ahora necesitamos aparentar ante los demás, escondemos nuestra vulnerabilidad, nuestra inseguridad. Damos importancia al resultado y no al proceso y en disfrutar en él. Vale más un cuerpo bonito que un buen corazón, el mundo se vuelve cruel y hace tiempo que nos olvidamos de la fantasía.

¿La posible solución? Contagiémonos de la energía de esas pequeñas criaturas de mirada sincera y cálida, dejemos que nos enseñen a simplificar las cosas y a jugar. Empecemos a reiluminar nuestra luz interior, alarguemos la mano todos y agarrémoslas, unidos, pidiendo ayuda cuando la necesitemos, es cuando seremos cien por cien nosotros y dejaremos de tener tantos dolores de cabeza.

Cuando callo. – Borja Rubio

Extendió su mano al mundo con la intención de echarle un pulso al dolor y a la esperanza del que ama con locura. Mientras, con la otra acariciaba una estrella.

Los verdaderos monstruos.  Maribel Aquilino

Se encargaron de enseñarnos cómo escondernos de los monstruos que vivían debajo de la cama, y de cómo huir de la oscuridad en la que se escondían encendiendo las luces y espantándolos. Se olvidaron de decirnos que los verdaderos monstruos se encontraban en los ojos que nos devolvían la mirada desde el espejo, y que ni siquiera encendiendo las luces huían, pues su arma más poderosa, sus voces, no podían acallarse.

Los días se deslizan perezosos unos sobre otros en un baile que gira y da vueltas sobre sí mismo,  llevando de batuta al mismo Sol. Trasnocho cada madrugada y duermo hasta bien entrada la tarde, pero fieles compañeras moradas han anidado debajo de mis ojos y se niegan a abandonarme.  Al menos intento tener la esperanza de que ellas no lo harán.

Sigo cargando recuerdos pesados a cada paso que doy, y se van acumulando en mis bolsillos con la misma facilidad con la que me quedo sin aire entre sollozo y sollozo. Perdí mi brújula y todos los caminos se entrecruzaron entre sí, llevándome al rincón más oscuro del laberinto, donde me fundí con las sombras y me hice uno con el miedo.

El silencio me esclavizó cuando debí haber hablado, y al arrancarme la mordaza grité hasta vaciarme por dentro, quemando a su paso todo el amor que alguna vez me dieron, prendiendo la llama del odio, y dejando un simple rastro de cenizas donde existió  luz y sus abrazos.

Ahora que ya no tengo ni siquiera algo que me defienda de mí mismo, me enfrento al monstruo que me sonríe desde el reflejo. Está satisfecho con la presa que ha atrapado, y a la cual está preparada para asestar el último golpe. Le observo una vez más, sintiendo algo diferente al dolor salado que me había acompañado durante tanto tiempo; ahí estaba, la rabia, dirigida de verdad a quien la merecía. Le desafío y  sentencio mi condena. Esta noche no te dejaré ganar. Si caigo, tu voz y tus zarpas caerán conmigo.

La batalla es encarnizada y cruel. El cristal se ha roto y el monstruo se ha multiplicado en cada trozo, pugnando por atraparme desde todos los ángulos, aullando en mi oído cánticos de sombras y muerte. Esta vez la batuta es un reloj sin manillas, y el olvido se ha unido a la danza del tiempo, ya no recuerdo cuánto llevo luchando.

Las fuerzas me han abandonado y apenas puedo mantener los ojos abiertos. Restos de sudor y de sangre inundan el suelo, pero entre tanta destrucción puedo ver mi cuerpo, destrozado como nunca, por primera vez viéndolo como ha sido siempre.  La oscuridad se desprende de la piel en la que habían habitado durante tantos años, bullendo y convirtiéndose en vapor.

Alargo un brazo y acerco una mano a mi cara, donde la oscuridad ha desaparecido por completo y la luz ha tomado su revelo. Me miro  en los miles de reflejos que me acompañan en el suelo, y todos reflejan mi nuevo ser, inundado de claridad.

Observo por última vez los restos del espejo. Ya no puedo ver al monstruo.

Autism. – Moony

Lo que más le gusta de ella es que mira con otros ojos. Se para a mirar, mejor dicho, a observar, cosas que el resto del mundo da por hecho. Se fija en las pecas de la cara de la persona con la que habla, antes que en el ceño fruncido que suele acompañarles. Se fija en cómo el sol entra por la ventana, en las sombras que dibuja la persiana sobre la pared blanca.

Blanca. Nunca había creído que encontraría alguien a quien querer, a quien querer cuidar, pero ahora siente que no puede separarse de Blanca. Todos sus amigos piensan que la dependiente es ella, que necesita ayuda y atención, que es él quien se la da. No pueden estar más equivocados. Blanca es independiente y suficiente; es cierto que le cuesta ver el mundo de manera tradicional, pero ¿a quién le importa? Jorge está descubriendo con ella cosas que nunca había imaginado conocer.

Lo que más le gusta de ella es que la vida parece diferente a su lado, todo se magnifica o, por el contrario, se convierte en algo pequeño, casi diminuto. Blanca no suele sonreír mucho, pero cuando lo hace parece que la luz brilla más intensamente.

A veces le tiene que recordar que es la hora de comer, otras, que no lo es. Pero eso solo pasa muy de vez en cuando porque su casa está llena de recordatorios y su móvil lleno de alarmas y eso la ayuda mucho más que él. Acaban de mudarse juntos hace solo unos días. Su abuela le dijo que menudo favor le estaba haciendo a la familia. A la de ella. Iban a tener alguien que la cuidara, gracias. Pero lo que su abuela no sabe es que Blanca le cuida mucho más a él. Blanca le enseña cosas, le hace crecer, le devuelve los abrazos, aunque no entiende por qué y le da besos antes de dormir sencillamente porque le gusta besar (porque le gusta besar a Jorge).

El sexo es diferente, también. Se ha vuelto un experto en leer expresiones e interpretar sonidos. A veces es muy intenso, se vuelven locos y Jorge tiene miedo de que sea demasiado y ella no pueda soportarlo, pero al final, quien tiene que pedir parar es él.

Otras veces paran por ella. No lo pide, nunca, pero él lo sabe. Lo ve en su cara, en la forma en que se mueve y le toca. No es que no me guste…, dice siempre, pero no continúa la frase. Entiende. Al menos lo intenta, y no le reprocha nunca nada porque eso es el amor, piensa, querer y cuidar. Entender y respetar. Sentir ese cosquilleo cuando le besa delante de su padre porque le apetece y porque no le da vergüenza.

Algo de licencia tiene que conceder a aquellos que le dicen que todo esto es una locura. Las cosas no son bonitas siempre, a veces se hace duro. Como esa vez que Zoe y Alfredo van a visitarles y Blanca acaba haciendo llorar a Zoe. No se disculpa, no por orgullo, esta ni siquiera se siente mal. No sabe, no puede. Jorge se disculpa por los dos y baja la cabeza, como siempre. Soporta la mirada de su hermana como puede, esa mirada que le dice lo que piensa (que estaría mejor con otra persona, que no tiene que ser un cuidador, que si está seguro de que querer pasar el resto de la vida con ella). Pero es que Zoe no sabe, Zoe no entiende.

Es difícil no enfadarse nunca. Es tremendamente difícil. Sabe que no debe culparla, que no debe regañarla, pero esta vez se ha pasado de la raya, varios kilómetros.

La encuentra unas horas después, en uno de los rellanos de su edificio, hecha una bola en una esquina. Lo lamenta profundamente, pero sabe que decirlo en voz alta no servirá de mucho.

− Blanca…
Ella levanta la cabeza y le mira, asustada. Da un paso, ella se encoge. Se sienta exactamente donde está, a una distancia prudencial, y empieza a hablar. De todo y de nada. De cómo se siente, de cómo cree que se sentirá, de aquella discusión que tuvo con su jefe hace un par de semanas… Poco a poco ella se va destensando, se va relajando. Se acerca y al final, sin saber cómo, está dormida entre sus brazos. La lleva a casa, casi grogui, y se meten directamente en la cama.

Lo que más le gusta de ella es que mira con otros ojos. Después de tanto tiempo, todavía consigue sorprenderle, descubriéndole una parte del mundo en la que nunca se había fijado antes. A veces le sorprende, sí, pero no siempre es para bien.

La vida de Eve. – Bea Esteban

Cuando a Eve le dijeron que la vida era suya, no esperó encontrarla tan pura.

Estamos hechos de trozos de universo, le dijeron. De diminutas partículas que se hilan como el mecanismo más perfecto, que dejan espacio a los sueños para empequeñecerlos. La vida es una ilusión, como el tiempo. Todo lo que recuerdas se ha desvanecido. ¿Quién lo guarda? ¿Quién es dueño de el pasado que crean y del futuro que sueñan? ¿Quién es dueño de la esperanza y de los sueños, quién es dueño del amor y el miedo, quién es dueño del alma? ¿Quién ve lo que no palpamos?

Eve nunca supo la respuesta. Sólo supo que un día, como le habían prometido, aquella oscuridad que la envolvía se convertiría en vida. Vida. La palabra prometía demasiadas posibilidades, pero a Eve, como al resto de almas, le daban miedo todas ellas.

Había visto el sufrimiento de la Tierra. Había sentido el calor de unos brazos que envuelven cuando parece que todo está perdido, y había recogido las lágrimas de aquellos que se sentían solos. Había sentido la impotencia de la enfermedad y el dolor de una cicatriz. Había sentido la primera risa de un niño y su primer latido, su primer corazón roto, su primera derrota, su primer miedo, su último suspiro. Las almas conocían la vida, con cada uno de sus claroscuros, y por eso temían que  llegara su turno.

Y por eso Eve se aferró a la nada hasta que le tocó nacer. Y crecer. Y sentir. Era muy distinto recoger lágrimas a derramarlas. Era muy distinto ver sólo en presente y limitarse a los cinco sentidos. Era una cárcel, y Eve siempre quiso ser libre.

Ya no veía posibilidades, porque sólo existía una. La única que vivía. La que dejó caer un rayo de luz sobre la palma de su mano y extendió el calor por cada una de las líneas de su piel, como si su sangre empezara a regar el alma.

Eso, Eve, es vida, no lo que te están contando. Es perfecta y silenciosa, tibia, inocente, blanca. Es la Tierra la que busca cristales opacos con los que marchitarla.

Eve, no olvides que tú nunca naciste en esta Tierra. Que eres mucho más. Que dentro de ti sólo hay luz y que, como todas las almas, te encerraste en este cuerpo que duele y sangra para enseñar a la Humanidad que su historia no termina aquí.

Volvamos a casa.

Fría. – Back of my mind

Solía colocar sus manos mirando al cielo cuando llovía; el golpeteo del agua le ayudaba a dejar de sentir vacío en su piel. También le servía situarlas bajo la luz, con aquel calor que podía atravesarle cada poro. Se mantenía en esa posición hasta que las articulaciones aullaban y le pedían volver a la rutina diaria.

Era su modo de alimentarse de vida desde que hacía años nadie le rozaba la cara, ni tímidamente los brazos.

El jersey de lana picaba, pero ese era un tacto familiar. Ya ni lo notaba. El anillo de cobre y plata siempre estuvo ahí, era una extensión de su dedo y no era consciente de ello.

No había nada que rompiera la armonía, nada cambiaba, nada entraba en contacto con ella a no ser que fuera por accidente. Un golpe al salir del metro, o ligeros toques en el intercambio de dinero. Las sacudidas en esos momentos eran tan fuertes que acababa por evitar el transporte público, y dejaba las monedas sobre la superficie de los mostradores de un modo seguro.

Dejó de permitir la entrada a su burbuja privada hacía tanto tiempo que ni siquiera lo recordaba de forma clara. El sol y la lluvia eran los únicos que podían tocarla.

Suponía que fue por una decisión tomada ese día en el que le quemaron la espalda mientras dormía, porque a alguien a quien no le importaba pareció encontrar esta acción divertida y pintó con su cigarro una cicatriz que hoy está ya fría.

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